Caminets de Mallorca os desea feliz año 2015!
Sí, estamos un poco cansados ya de dar y recibir todo tipo de felicitaciones pero desde aquí no podíamos ser menos jaja.
Empieza un nuevo año y con él llega la primera crónica de la última excursión que nos dejó el pasado año 2014.
Aquella semana de Navidad había hecho un tiempo fantástico en general, frío pero casi ni rastro de nubes en el cielo, pero aquella mañana de domingo quiso gastarnos una inocentada y amanecía con muy mala cara.
Las previsiones habían cambiado y pronosticaban un día de lluvia y mucho viento, pero como es de costumbre en nosotros, nada de eso consiguió dejarnos en casa. Poco después de las 9 de la mañana estábamos ya en Valldemossa, donde acababa nuestra ruta, para volver en taxi hasta Esporles desde donde comenzar a caminar. Pero nadie se atrevía a salir del coche. El cielo completamente tapado, todo gris oscuro, algunas gotas de lluvia cayendo sobre el cristal delantero y un viento que aullaba entre los árboles nos advertían que posiblemente no era el día más adecuado para hacer excursiones.
Y así pasaron los minutos, sin decidirnos ni a comenzar ni a abandonar hasta que la cabeza pensante de Pepi planteó ir a Esporles a ver qué cara tenía el día desde allí ya que, en teoría, las previsiones mejoraban algo de cara a mediodía.
Así pues, prácticamente sin ningún convencimiento por parte del 66% del grupo, allá que nos fuimos y cual fue nuestra sorpresa cuando al llegar, apenas 10km más lejos de donde estábamos hacía unos minutos, ciertamente el cielo estaba algo más despejado dejando caer los rayos del sol sobre la mañana de Esporles, así que dejamos el coche y nos pusimos a caminar.
La verdad es que era una mañana muy fría y el viento soplaba con mucha fuerza a pesar de haber salvado, momentáneamente, las nubes. Mientras subíamos por el camino junto al torrent dejando el pueblo a nuestra espalda, se alza frente a nosotros la moleta de son Cabastre. Poco después, siguiendo ya un camino asfaltado, entrábamos a la finca del mismo nombre y seguimos ascendiendo en dirección al coll de sa Basseta.
Aún colgaban en una bolsa nuestras empanadas mientras buscábamos un lugar apetecible donde parar, pero aquella larga subida por esa aburrida pista asfaltada nos retrasó la merienda hasta que no salimos de ella para adentrarnos, al fin entre el pinar, por el camino de Coma Llobera.
Después de merendar y reponer energías a cobijo del viento seguimos en ascenso hasta llegar al coll de sa Basseta que separa el penyal Vermell de la moleta de son Cabastre y donde se sitúa, convenientemente, un pequeño abrevadero y mientras va cambiando el paisaje que nos rodea, de pinar y tierra roja a encinas y piedra, continúa nuestro camino subiendo ahora por una cuesta aún más dura que acaba, poco después junto a un improvisado mirador de la bahía de Palma.
Desde ahí se nos descubrió una bonita vista sobre Palma y el mar que se extiende desde la catedral hasta donde alcanza la vista, parece teñido de oro al reflejar el sol. Las nubes se habían levantado hasta casi dejar a la vista el cielo azul, aunque por el momento nos conformamos con los rayos que caían por los huecos que se iban abriendo y con una bonita postal en blanco y negro del mar, la ciudad y la montaña.
Desde ese punto, al fin, dejamos de subir y anduvimos llaneando entre encinas esparcidas por la planicie rocosa pasando por antiguas casetas de carbonero, una tras otra, hasta llegar al pla de s'aljub, ahí nos encontramos con unas perfectas construcciones de un pequeño refugio y un aljibe muy bien ideado para conseguir y proporcionar agua tanto a animales como a las personas que se hicieron cargo de ese lugar. Mientras nos caían unas tímidas gotas de lluvia, seguimos nuestro camino hasta llegar a la pared norte del penyal des Migdia donde cambiamos las vistas del sur por las de la costa norte y las grandes fincas que se extienden junto a la carretera, entre el mar y Tramuntana.
Seguimos descendiendo entre el encinar que se va espesando y que en esta cara más sombría se llena de hierba espesa y verde que contrasta con la tierra oscura y las piedras grises hasta el punto de dibujar un paisaje de cuento y siguiendo el sendero que serpentea entre raíces y hojas caídas nos colamos entre dos grandes rocas que dan paso al pas den Benigne Palos que desciende hasta dar con una pared de piedra que superamos bajando por una escalerilla también construida en la misma pared y pocos minutos más tarde llegamos al coll de Sant Jordi.
Después de cruzar la barrera de metal comenzamos de nuevo a ascender, esta vez la comuna de Valldemossa.
Siguiendo ahora por un camino más ancho de piedras y tierra vamos dejando atrás la vegetación del collado y salimos poco a poco a la luz del día que parece ir mejorando minuto a minuto. A estas horas de mediodía el sol ha conseguido apartar muchas de las nubes que apagaban el día en la mañana y ahora consigue sacar casi todo el color a los paisajes que se abren frente a nosotros. A pesar de volver a agotarnos con un nuevo ascenso, el ir y venir del camino nos deja a cada paso una nueva vista espectacular, incluso a lo lejos mar adentro, se ven unas lluvias que ahora hasta disfrutamos.
Un rato después, mientras vemos el fin de la colina acercarse, aún nos quedaría un último gran esfuerzo en una subida casi en línea recta pendiente arriba, hasta poder respirar y alegrarnos de haber conseguido el punto más alto de esta excursión y aprovechando que el sol calentaba y el viento se había olvidado de zarandear esa zona, decidimos parar a comer.
Después de recuperar fuerzas y antes de que el fresco nos estropeara el descanso, continuamos el camino, ahora sí, en descenso.
A medida que bajábamos nos íbamos cubriendo de nuevo por las encinas hasta el punto de volver a rodearnos completamente de ellas y, de pronto, nos hayamos en un paisaje que valía el cansancio que nos había llevado hasta ahí.
El sendero que ahora se distingue claramente marcado por las paredes de piedra que nos acompañan, zigzaguea ladera abajo con un color oscuro y húmedo hinchado de agua que se recoge en varios aljibes repartidos entre las antiguas casetas que aún se encuentran aquí. La vegetación que lo cubre todo, nos lleva encandilados hasta disfrutar de las primeras vistas de Valldemossa que aparece, entre las hojas de los árboles, destacando sus campanarios pintados de azul.
Un poco más abajo y ya pasando junto a las primeras fincas, nos paramos un instante junto a la font de na Llambies y antes de salir del bosque y entrar en el pueblo, nos desviamos unos minutos para visitar el molí de sa Beata aunque por desgracia se encontraba vallado por el mal estado de conservación (aunque está en restauración)
Así pues, después de lo que parecía que sería una locura horas atrás cuando llegamos a Valldemossa, ahí estábamos caminando los últimos metros de esta corta pero muy bonita excursión en la que una miembra del grupo salvó su credibilidad jaja
Hasta la próxima pues que será ya la sexta etapa superando el ecuador de nuestra aventura con la GR221.
Sí, estamos un poco cansados ya de dar y recibir todo tipo de felicitaciones pero desde aquí no podíamos ser menos jaja.
Empieza un nuevo año y con él llega la primera crónica de la última excursión que nos dejó el pasado año 2014.
Aquella semana de Navidad había hecho un tiempo fantástico en general, frío pero casi ni rastro de nubes en el cielo, pero aquella mañana de domingo quiso gastarnos una inocentada y amanecía con muy mala cara.
Las previsiones habían cambiado y pronosticaban un día de lluvia y mucho viento, pero como es de costumbre en nosotros, nada de eso consiguió dejarnos en casa. Poco después de las 9 de la mañana estábamos ya en Valldemossa, donde acababa nuestra ruta, para volver en taxi hasta Esporles desde donde comenzar a caminar. Pero nadie se atrevía a salir del coche. El cielo completamente tapado, todo gris oscuro, algunas gotas de lluvia cayendo sobre el cristal delantero y un viento que aullaba entre los árboles nos advertían que posiblemente no era el día más adecuado para hacer excursiones.
Y así pasaron los minutos, sin decidirnos ni a comenzar ni a abandonar hasta que la cabeza pensante de Pepi planteó ir a Esporles a ver qué cara tenía el día desde allí ya que, en teoría, las previsiones mejoraban algo de cara a mediodía.
Así pues, prácticamente sin ningún convencimiento por parte del 66% del grupo, allá que nos fuimos y cual fue nuestra sorpresa cuando al llegar, apenas 10km más lejos de donde estábamos hacía unos minutos, ciertamente el cielo estaba algo más despejado dejando caer los rayos del sol sobre la mañana de Esporles, así que dejamos el coche y nos pusimos a caminar.
La verdad es que era una mañana muy fría y el viento soplaba con mucha fuerza a pesar de haber salvado, momentáneamente, las nubes. Mientras subíamos por el camino junto al torrent dejando el pueblo a nuestra espalda, se alza frente a nosotros la moleta de son Cabastre. Poco después, siguiendo ya un camino asfaltado, entrábamos a la finca del mismo nombre y seguimos ascendiendo en dirección al coll de sa Basseta.
Aún colgaban en una bolsa nuestras empanadas mientras buscábamos un lugar apetecible donde parar, pero aquella larga subida por esa aburrida pista asfaltada nos retrasó la merienda hasta que no salimos de ella para adentrarnos, al fin entre el pinar, por el camino de Coma Llobera.
Después de merendar y reponer energías a cobijo del viento seguimos en ascenso hasta llegar al coll de sa Basseta que separa el penyal Vermell de la moleta de son Cabastre y donde se sitúa, convenientemente, un pequeño abrevadero y mientras va cambiando el paisaje que nos rodea, de pinar y tierra roja a encinas y piedra, continúa nuestro camino subiendo ahora por una cuesta aún más dura que acaba, poco después junto a un improvisado mirador de la bahía de Palma.
Desde ahí se nos descubrió una bonita vista sobre Palma y el mar que se extiende desde la catedral hasta donde alcanza la vista, parece teñido de oro al reflejar el sol. Las nubes se habían levantado hasta casi dejar a la vista el cielo azul, aunque por el momento nos conformamos con los rayos que caían por los huecos que se iban abriendo y con una bonita postal en blanco y negro del mar, la ciudad y la montaña.
Desde ese punto, al fin, dejamos de subir y anduvimos llaneando entre encinas esparcidas por la planicie rocosa pasando por antiguas casetas de carbonero, una tras otra, hasta llegar al pla de s'aljub, ahí nos encontramos con unas perfectas construcciones de un pequeño refugio y un aljibe muy bien ideado para conseguir y proporcionar agua tanto a animales como a las personas que se hicieron cargo de ese lugar. Mientras nos caían unas tímidas gotas de lluvia, seguimos nuestro camino hasta llegar a la pared norte del penyal des Migdia donde cambiamos las vistas del sur por las de la costa norte y las grandes fincas que se extienden junto a la carretera, entre el mar y Tramuntana.
Seguimos descendiendo entre el encinar que se va espesando y que en esta cara más sombría se llena de hierba espesa y verde que contrasta con la tierra oscura y las piedras grises hasta el punto de dibujar un paisaje de cuento y siguiendo el sendero que serpentea entre raíces y hojas caídas nos colamos entre dos grandes rocas que dan paso al pas den Benigne Palos que desciende hasta dar con una pared de piedra que superamos bajando por una escalerilla también construida en la misma pared y pocos minutos más tarde llegamos al coll de Sant Jordi.
Después de cruzar la barrera de metal comenzamos de nuevo a ascender, esta vez la comuna de Valldemossa.
Siguiendo ahora por un camino más ancho de piedras y tierra vamos dejando atrás la vegetación del collado y salimos poco a poco a la luz del día que parece ir mejorando minuto a minuto. A estas horas de mediodía el sol ha conseguido apartar muchas de las nubes que apagaban el día en la mañana y ahora consigue sacar casi todo el color a los paisajes que se abren frente a nosotros. A pesar de volver a agotarnos con un nuevo ascenso, el ir y venir del camino nos deja a cada paso una nueva vista espectacular, incluso a lo lejos mar adentro, se ven unas lluvias que ahora hasta disfrutamos.
Un rato después, mientras vemos el fin de la colina acercarse, aún nos quedaría un último gran esfuerzo en una subida casi en línea recta pendiente arriba, hasta poder respirar y alegrarnos de haber conseguido el punto más alto de esta excursión y aprovechando que el sol calentaba y el viento se había olvidado de zarandear esa zona, decidimos parar a comer.
Después de recuperar fuerzas y antes de que el fresco nos estropeara el descanso, continuamos el camino, ahora sí, en descenso.
A medida que bajábamos nos íbamos cubriendo de nuevo por las encinas hasta el punto de volver a rodearnos completamente de ellas y, de pronto, nos hayamos en un paisaje que valía el cansancio que nos había llevado hasta ahí.
El sendero que ahora se distingue claramente marcado por las paredes de piedra que nos acompañan, zigzaguea ladera abajo con un color oscuro y húmedo hinchado de agua que se recoge en varios aljibes repartidos entre las antiguas casetas que aún se encuentran aquí. La vegetación que lo cubre todo, nos lleva encandilados hasta disfrutar de las primeras vistas de Valldemossa que aparece, entre las hojas de los árboles, destacando sus campanarios pintados de azul.
Un poco más abajo y ya pasando junto a las primeras fincas, nos paramos un instante junto a la font de na Llambies y antes de salir del bosque y entrar en el pueblo, nos desviamos unos minutos para visitar el molí de sa Beata aunque por desgracia se encontraba vallado por el mal estado de conservación (aunque está en restauración)
Así pues, después de lo que parecía que sería una locura horas atrás cuando llegamos a Valldemossa, ahí estábamos caminando los últimos metros de esta corta pero muy bonita excursión en la que una miembra del grupo salvó su credibilidad jaja
Hasta la próxima pues que será ya la sexta etapa superando el ecuador de nuestra aventura con la GR221.
Víctor
Distancia: 11,78km
Tiempo: 4h 39min
Distancia total acumulada: 62km 190m
Distancia total acumulada: 62km 190m
Tiempo total acumulado: 25h 14min
Mapa de la ruta, clicar al enlace

El 33 % es mucho33%
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